Paseas por las calles de tu ciudad. A tu alrededor, la gente corre, acelera, camina con prisas, casi sin fijarse en ti. La bendición del anonimato en una gran ciudad. Al menos para alguien como tú.
Sientes unos ojos pegados a tu nuca, fijos en ti. te vuelves, aunque sabes que no encontrarás a su dueño. hace días que te sientes así, y no puedes evitar pensar que la amenaza del príncipes es más cierta de lo que pensabas. Recuerdas aquella noche como si hubiera ocurrido ayer mismo. Era la primera vez que observabas los óleos de la Pinacoteca más famosa de España a la luz de miles de velas. A vuestro alrededor, decenas de seres como tú te observaban sin disimulo. Algunos no ocultaban su desprecio, otros su deseo. Algunos, sencillamente, lograban infundirte un temor irracional, y más de una vez estuviste a punto de huir mientras avanzabas por el pasillo, acompañado de quien iba a cuidar de ti ahora. O eso pensabas entonces, cuando sentías su presencia como una manta que te arropaba delicadamente mientras te enfrentabas al más poderoso de todos, al que decidiría tu vida o tu muerte. Tu presente y tu futuro.
–Madrid es grande, pero no lo suficiente como para acoger a todos los vástagos que quisiéramos mantener a nuestro lado. No si queremos mantener la Mascarada. Y creedme, queremos mantenerla –la voz del Príncipe Antonio Fernández-López Fitz-James, así te lo habían presentado, era clara y firme, sin vacilaciones, suficiente como para que ni quisieras saber qué ocurriría en caso contrario –. Vuestros sires han prometido lealtad a la Corte, a nuestra familia, y han jurado cuidaros y educaros hasta que seáis autónomos. Tenemos leyes que debéis aprender, que debéis hacer vuestras, que debéis convertir en vuestras reglas de no-vida. la primer tradición, la Mascarada. Nunca reveles tu verdadera naturaleza a aquellos que no son tus hermanos en la no-vida. Segunda, la progenie. Pediréis permiso a la Corte para crear progenie, nunca antes de ser ciudadanos plenos, y cuidaréis de ella hasta que vuestro príncipe os lo ordene. Y la tercera Tradición, el Amaranto, la prohibición de devorar y consumir a uno de tus hermanos.
Nunca pensaste que alguien pudiera hacer algo así, pero las noches, y los rumores, te han demostrado cuán equivocado estabas. Ancianos consumidos por el odio o la avaricia, amantes cegados por el hambre… Es difícil cumplir las reglas, y el castigo a quien las rompe es temible. Porque si algo has aprendido en ete tiempo es que tras la amable apariencia del príncipe se esconde un corazón frío y duro que dejó de latir mucho antes de su muerte.
–Durante un año no seréis nuestros hermanos en la noche. Viviréis, cazaréis y demostraréis vuestra valía junto a vuestros sires. Cualquier ofensa la pagaréis ambos, cualquier error os condenará a los dos. No seréis ayudados ni auspiciados por los miembros de la Corte o el resto de vástagos ciudadanos de mi Madrid. Estaréis solos y sin ayuda, pero os vigilaré cada noche. Y si sobrevivís así os convertiréis en dignos hijos de nuestra tradición. Marchad ahora, grabad a fuego mis palabras y volved cuando seáis convocados.
Nadie te dijo nunca cómo ocurriría, ni lo malo que sería el periodo de prueba, pero sabes que está a punto de acabar. Lo sabes desde hace una semana, cuando, al despertar de tu letargo, encontraste un sobre grueso de color crema en el suelo de tu piso, deslizado bajo la puerta. Tu nombre, escrito en tinta roja con letras recargadas era el único adorno. Dentro, la invitación para tu presentación y bautizo. Mañana, a medianoche en el Convento de las Descalzas Reales. No pudiste evitar fijarte en la frase que indicaba la obligatoriedad de la etiqueta, y desde entonces has estado más preocupado por eso que por otra cosa.
Hoy es tu última noche como paria. Mañana serás uno de ellos. Podrás acudir a la Corte, pedir ayuda, acceder a los secretos de la Alianza a la que aspiras… Ser, en definitiva, un ciudadano más.
Lo malo es que esta noche va a joderse todo…