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Y las otras no tardarán en seguirla. Ahora arranca otra. Imagino que irán al Gregorio. Es lo que queda más cerca. No es una emergencia, pero imagino que quince chicas extremadamente débiles y desorientadas son capaces de poner nervios de más al conductor más tranquilo. Este último ha quemado rueda al dar el giro de ciento ochenta grados. A lo mejor se pregunta qué es lo que ha pasado. A mí también me gustaría preguntármelo en vez de saberlo.

Ahora la miro, mientras ayuda a una de las chicas a sentarse en el suelo de ambulancia. Está desorientada, probablemente mucho más que cualquiera de sus compañeras, pero eso no la echa para atrás. Es fuerte. Pero nadie lo es lo suficiente como para que lo abandonen después de nacer en este infierno. Si no hubiera estado yo, una de las ambulancias habría ido al forense en vez de al hospital.

Si pudiera hacerlo fumaría.

Tengo tantas cosas para explicarle, y tan pocas palabras para hacerlo. Imagino a Caronte en su primera singladura a través de la Laguna Estigia, llevando a su primer pasajero al Hades. Él sabe lo que hay en la otra orilla, pero no acertaría a explicarlo ni a responder a las preguntas que esa pobre alma le dirigiera. A lo mejor ni siquiera quiere. A lo mejor yo tampoco. Otra ambulancia que se va. Solamente queda una. Ella se sube. Suspiro interiormente. Sería tan facil irse ahora. Tan sencillo… pero no hay elección y lo sé.

La puerta se está cerrando. El enfermero que la cierra hace una pausa y mira hacia dentro, a un punto indeterminado. Dos segundos pasan; y la puerta termina de cerrarse. Nada ha pasado.
Y la última ambulancia se va.

Los pasos resuenan en el desierto pasillo. La figura avanza con decisión hasta la sala más grande del piso. Las habitualmente desnudas paredes del refectorio lucen ahora, orgullosas, una profusión de candelabros de plata antigua. Todos pulidos, todos con sus velas iluminando la estancia. Las largas mesas, cubiertas por manteles de hilo blanco, cubren 3 de las cuatro paredes. Sobre ellas, bandejas de plata, copas de fino cristal tallado, grandes poncheras vacías. Pequeños ramilletes de lirios blancos y malvas cubren los espacios en una de las mesas laterales. En la otra, orquídeas negras y pétalos de rosas rojas.
Frente a la cuarta pared, un pequeño estrado. Un sillón estilo Luis XV ocupa el espacio central. Cuentan las leyendas que hubo una época en que el asiento era más lujoso que los sillones del trono, y mil veces más incómodo. Quizás el de ahora no impresione tanto, pero es el único asiento de toda la estancia, y eso basta para marcar diferencias. Sobre él, cubriendo casi la totalidad de la pared, un pendón rojo y negro con el símbolo de los Invictus. Cuando el hombre entra en la estancia no puede disimular una mueca de disgusto al verlo, pero consigue esconderla antes de que la mujer que se afana en colocar las flores sea consciente de su presencia.
–¿No crees que encargar dos remesas de flores es un exceso, querida? Es sólo una prueba, ¿qué vas a hacer mañana, vaciar Madrid de lirios?
La mujer abandona sus ocupaciones y se vuelve. La punzada de miedo al escuchar la voz del jefe del Eliseo ha desaparecido.
– Siempre tan atento a los gastos, Sebastian. Es una suerte que el Príncipe cuente contigo para sus fiestas –el tono de burla es patente en la voz de la joven, pero el hombre no parece hacer caso de él mientras pasea por la estancia.
–Bonito detalle el de las rosas y las orquídeas. La verdad, quedan mejor con la decoración que has preparado y nuestro señor apreciará el bonito detalle  –termina la frase señalando con un gesto el pendón– Y con las otras… envíalas a nuestro amigo del fútbol, seguro que podrán sacarles más provecho.
Mientras habla acaricia con delicadeza uno de los ramilletes que, de improviso, se eleva por el aire, mientras una hermosa mujer, que parece surgir de la nada, lo sujeta.
–Ciertamente no son para nosotros, y es digna de mención la falta de gusto de quien los haya elegido ¿no creéis?
–Elisa, por favor, no culpes a Cayetana. Ya sabes lo que dicen de los jóvenes, siempre tratando de cambiar las cosas, de innovar.
–Lo mismo podría decirse de ti, querido Sebastian. Los cartianos no os caracterizáis por vuestro amor a las tradiciones…
La mujer sonríe con frialdad, dejando que la amenaza no pronunciada se cuele en el ánimo de los dos guardianes del Eliseo. Una palabra suya y caerán en la más absoluto de las desgracias.
–Pero no os preocupéis, queridos. Las rosas y las orquídeas siempre son una opción segura. Y la música elegida es de mi agrado. Confío en que todo esté preparado hasta el más mínimo detalle. No querríamos que la ceremonia de iniciación de los 3 nuevos vástagos sea un completo desastre ¿verdad? Ya sabéis lo deseoso que está Antonio, nuestro Príncipe, de que todo salga perfecto. Quiere que su primera impresión sea inolvidable…

Junto a la puerta, oculta a la vista de todos, otra figura espía a la arpía y los encargados de la reunión mientras ensayan los movimientos de la noche y discuten los últimos detalles. Sus manos juguetean con un mechero zippo viejo y usado mientras en su rostro se dibuja un amago de sonrisa. Una mueca demasiado inquietante para presagiar nada bueno.

Paseas por las calles de tu ciudad. A tu alrededor, la gente corre, acelera, camina con prisas, casi sin fijarse en ti. La bendición del anonimato en una gran ciudad. Al menos para alguien como tú.
Sientes unos ojos pegados a tu nuca, fijos en ti. te vuelves, aunque sabes que no encontrarás a su dueño. hace días que te sientes así, y no puedes evitar pensar que la amenaza del príncipes es más cierta de lo que pensabas. Recuerdas aquella noche como si hubiera ocurrido ayer mismo. Era la primera vez que observabas los óleos de la Pinacoteca más famosa de España a la luz de miles de velas. A vuestro alrededor, decenas de seres como tú te observaban sin disimulo. Algunos no ocultaban su desprecio, otros su deseo. Algunos, sencillamente, lograban infundirte un temor irracional, y más de una vez estuviste a punto de huir mientras avanzabas por el pasillo, acompañado de quien iba a cuidar de ti ahora. O eso pensabas entonces, cuando sentías su presencia como una manta que te arropaba delicadamente mientras te enfrentabas al más poderoso de todos, al que decidiría tu vida o tu muerte. Tu presente y tu futuro.
–Madrid es grande, pero no lo suficiente como para acoger a todos los vástagos que quisiéramos mantener a nuestro lado. No si queremos mantener la Mascarada. Y creedme, queremos mantenerla –la voz del Príncipe Antonio Fernández-López Fitz-James, así te lo habían presentado, era clara y firme, sin vacilaciones, suficiente como para que ni quisieras saber qué ocurriría en caso contrario –. Vuestros sires han prometido lealtad a la Corte, a nuestra familia, y han jurado cuidaros y educaros hasta que seáis autónomos. Tenemos leyes que debéis aprender, que debéis hacer vuestras, que debéis convertir en vuestras reglas de no-vida. la primer tradición, la Mascarada. Nunca reveles tu verdadera naturaleza a aquellos que no son tus hermanos en la no-vida. Segunda, la progenie. Pediréis permiso a la Corte para crear progenie, nunca antes de ser ciudadanos plenos, y cuidaréis de ella hasta que vuestro príncipe os lo ordene. Y la tercera Tradición, el Amaranto, la prohibición de devorar y consumir a uno de tus hermanos.

Nunca pensaste que alguien pudiera hacer algo así, pero las noches, y los rumores, te han demostrado cuán equivocado estabas. Ancianos consumidos por el odio o la avaricia, amantes cegados por el hambre… Es difícil cumplir las reglas, y el castigo a quien las rompe es temible. Porque si algo has aprendido en ete tiempo es que tras la amable apariencia del príncipe se esconde un corazón frío y duro que dejó de latir mucho antes de su muerte.

–Durante un año no seréis nuestros hermanos en la noche. Viviréis, cazaréis y demostraréis vuestra valía junto a vuestros sires. Cualquier ofensa la pagaréis ambos, cualquier error os condenará a los dos. No seréis ayudados ni auspiciados por los miembros de la Corte o el resto de vástagos ciudadanos de mi Madrid. Estaréis solos y sin ayuda, pero os vigilaré cada noche. Y si sobrevivís así os convertiréis en dignos hijos de nuestra tradición. Marchad ahora, grabad a fuego mis palabras y volved cuando seáis convocados.

Nadie te dijo nunca cómo ocurriría, ni lo malo que sería el periodo de prueba, pero sabes que está a punto de acabar. Lo sabes desde hace una semana, cuando, al despertar de tu letargo, encontraste un sobre grueso de color crema en el suelo de tu piso, deslizado bajo la puerta. Tu nombre, escrito en tinta roja con letras recargadas era el único adorno. Dentro, la invitación para tu presentación y bautizo. Mañana, a medianoche en el Convento de las Descalzas Reales. No pudiste evitar fijarte en la frase que indicaba la obligatoriedad de la etiqueta, y desde entonces has estado más preocupado por eso que por otra cosa.
Hoy es tu última noche como paria. Mañana serás uno de ellos. Podrás acudir a la Corte, pedir ayuda, acceder a los secretos de la Alianza a la que aspiras… Ser, en definitiva, un ciudadano más.
Lo malo es que esta noche va a joderse todo…

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