Los pasos resuenan en el desierto pasillo. La figura avanza con decisión hasta la sala más grande del piso. Las habitualmente desnudas paredes del refectorio lucen ahora, orgullosas, una profusión de candelabros de plata antigua. Todos pulidos, todos con sus velas iluminando la estancia. Las largas mesas, cubiertas por manteles de hilo blanco, cubren 3 de las cuatro paredes. Sobre ellas, bandejas de plata, copas de fino cristal tallado, grandes poncheras vacías. Pequeños ramilletes de lirios blancos y malvas cubren los espacios en una de las mesas laterales. En la otra, orquídeas negras y pétalos de rosas rojas.
Frente a la cuarta pared, un pequeño estrado. Un sillón estilo Luis XV ocupa el espacio central. Cuentan las leyendas que hubo una época en que el asiento era más lujoso que los sillones del trono, y mil veces más incómodo. Quizás el de ahora no impresione tanto, pero es el único asiento de toda la estancia, y eso basta para marcar diferencias. Sobre él, cubriendo casi la totalidad de la pared, un pendón rojo y negro con el símbolo de los Invictus. Cuando el hombre entra en la estancia no puede disimular una mueca de disgusto al verlo, pero consigue esconderla antes de que la mujer que se afana en colocar las flores sea consciente de su presencia.
–¿No crees que encargar dos remesas de flores es un exceso, querida? Es sólo una prueba, ¿qué vas a hacer mañana, vaciar Madrid de lirios?
La mujer abandona sus ocupaciones y se vuelve. La punzada de miedo al escuchar la voz del jefe del Eliseo ha desaparecido.
– Siempre tan atento a los gastos, Sebastian. Es una suerte que el Príncipe cuente contigo para sus fiestas –el tono de burla es patente en la voz de la joven, pero el hombre no parece hacer caso de él mientras pasea por la estancia.
–Bonito detalle el de las rosas y las orquídeas. La verdad, quedan mejor con la decoración que has preparado y nuestro señor apreciará el bonito detalle –termina la frase señalando con un gesto el pendón– Y con las otras… envíalas a nuestro amigo del fútbol, seguro que podrán sacarles más provecho.
Mientras habla acaricia con delicadeza uno de los ramilletes que, de improviso, se eleva por el aire, mientras una hermosa mujer, que parece surgir de la nada, lo sujeta.
–Ciertamente no son para nosotros, y es digna de mención la falta de gusto de quien los haya elegido ¿no creéis?
–Elisa, por favor, no culpes a Cayetana. Ya sabes lo que dicen de los jóvenes, siempre tratando de cambiar las cosas, de innovar.
–Lo mismo podría decirse de ti, querido Sebastian. Los cartianos no os caracterizáis por vuestro amor a las tradiciones…
La mujer sonríe con frialdad, dejando que la amenaza no pronunciada se cuele en el ánimo de los dos guardianes del Eliseo. Una palabra suya y caerán en la más absoluto de las desgracias.
–Pero no os preocupéis, queridos. Las rosas y las orquídeas siempre son una opción segura. Y la música elegida es de mi agrado. Confío en que todo esté preparado hasta el más mínimo detalle. No querríamos que la ceremonia de iniciación de los 3 nuevos vástagos sea un completo desastre ¿verdad? Ya sabéis lo deseoso que está Antonio, nuestro Príncipe, de que todo salga perfecto. Quiere que su primera impresión sea inolvidable…
Junto a la puerta, oculta a la vista de todos, otra figura espía a la arpía y los encargados de la reunión mientras ensayan los movimientos de la noche y discuten los últimos detalles. Sus manos juguetean con un mechero zippo viejo y usado mientras en su rostro se dibuja un amago de sonrisa. Una mueca demasiado inquietante para presagiar nada bueno.